Oración de la
mañana
Miércoles de fábula

Miércoles 7 de enero
Una historia en año nuevo para aprender
Marcos estaba triste porque pensaba que las grandes cosas de la vida, como viajar o recibir premios, eran las que realmente importaban. Un día, al llegar a casa después de un mal día en el colegio, su hermana pequeña le dio un abrazo y le dijo: “Te he echado de menos”. No dijo nada más, pero esa pequeña muestra de cariño hizo que Marcos se sintiera mejor, como si el día ya no fuera tan pesado. Al llegar la noche, su madre le dio un beso en la frente, y su padre le preguntó cómo le había ido. En esos pequeños gestos, Marcos entendió que lo verdaderamente valioso de la vida está en las pequeñas cosas: en las sonrisas, en los abrazos, en el apoyo cotidiano.​
Pienso:
¿Te has parado a pensar cuántas cosas te han sobrado estos días de Navidad?
¿Qué es lo que más puedes valorar de este tiempo de Navidad que se te ha regalado gracias al recuerdo del Nacimiento del Salvador. ¿Te has dado cuenta de cómo su mensaje sencillo puede llegar a cada persona? Si a tí te ha llegado es que tienes el corazón abierto a lo pequeño, a las sorpresa sencilla pero llena de luz... Si no te ha llegado su mensaje, significa que estás lleno/a de otras cosas superficiales que no dejan sitio para las verdaderas sorpresas que dejas pasar.
Reflexión: La vida no se construye solo con grandes momentos, sino con pequeños gestos que a veces no notamos, pero que son los que realmente nos unen y nos dan fuerza. Valorar lo pequeño es aprender a ver lo esencial en lo simple.

Miércoles 14 de enero
La sospecha
Un día, un hombre perdió su caja de herramientas, y empezó a sospechar del hijo de su vecino. Todo en él le indicaba que se trataba del ladrón: observó la forma de caminar del muchacho (y le pareció que, efectivamente, andaba como un ladrón); observó su forma de hablar (y pensó que hablaba igual que un ladrón); y observó minuciosamente sus gestos… No tenía ninguna duda: ¡eran los gestos de un ladrón!
Pero días después, encontró su caja de herramientas tirada junto al contenedor de basura. Y al regresar a su casa, comenzó a observar que el hijo de su vecino realmente no tenía ninguna pinta de ladrón.
Reflexión:
Esta fábula corta de ‘La sospecha’ explica que muchas veces nos dejamos llevar por los prejuicios que trazamos llegando a desfigurar por completo la realidad:
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La realidad no es la que nos presentan nuestras emociones. Deseaba tanto que el muchacho del que sospechaba fuera el culpable, que empezó a transformar la realidad y a interpretar a su manera todo lo que veía.
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No debemos dejarnos llevar por los prejuicios: No se puede acusar a nadie de haber hecho nada si no hay pruebas que lo demuestren. En este caso, el hombre que perdió la caja no vio a nadie robarla. Entonces, ¿Cómo podía estar tan seguro de que había sido el hijo de su vecino? Se dejó llevar por la necesidad de encontrar un culpable. Los prejuicios la mayoría de las veces suelen estar muy lejos de la realidad.
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La realidad depende de los ojos que la miran: La realidad puede interpretarse de mil maneras diferentes. Lo que a uno le parece rosa, a otro puede parecerle anaranjado. Todo es subjetivo, porque antes de llegar a nuestra mente, pasa por un filtro: el de las emociones. Tal vez si un día estés feliz, veas un rosa radiante y si otro día estás triste, ese mismo rosa te parezca apagado y débil.
Moraleja: «Los prejuicios, trazados muchas veces por el odio, la ira o la envidia, normalmente desfiguran por completo la realidad».

Miércoles 21 de enero
La fábula del tambor viejo
En un instituto de música había un tambor muy antiguo. Sus cuerdas estaban tensas, su madera seca y endurecida, pero él se sentía orgulloso porque había marcado el ritmo de muchas generaciones.
Un día llegó un profesor nuevo con una melodía moderna y llena de energía. Les dijo a los alumnos:
—Hoy tocaremos algo completamente nuevo. Necesito instrumentos que puedan vibrar sin romperse.
El tambor viejo habló enseguida:
—¡Déjame a mí! Yo llevo años marcando el ritmo. Nada me supera.
El profesor, con cariño, aceptó la prueba.
Pero cuando empezó la melodía, el tambor viejo no pudo seguir.
La música exigía más flexibilidad, más apertura… y el tambor, rígido, terminó rajándose por un costado.
En un rincón estaba un tambor recién hecho: madera fresca, sonido limpio, cuerdas nuevas.
El profesor lo tomó y comenzó a tocar.
El tambor nuevo se adaptó al ritmo, a los cambios, a la fuerza de la música.
Su sonido llenó el aula de alegría.
El profesor sonrió y dijo:
—La música nueva necesita un instrumento que se atreva a renovarse. Lo rígido se rompe; lo flexible vibra.
Moraleja
Si quieres que algo nuevo de verdad ocurra en tu vida, no puedes quedarte en lo de siempre: necesitas un corazón que se deje transformar.
Oración final para jóvenes
Señor Jesús,
tú traes a mi vida una música nueva.
Ayúdame a no aferrarme a mis miedos ni a mis viejas costumbres.
Hazme flexible, abierto, capaz de cambiar.
Que no me rompa por resistirme,
sino que pueda vibrar contigo y dejarte renovar mi historia.
Así te lo pedimos, así sea.

Miércoles 28 de enero.
El viaje de las mariposas de la paz
Había una vez, en un tranquilo pueblo llamado Serenidad, un misterioso anciano conocido como Abuelo Paz. Este sabio hombre poseía un don único: la capacidad de transformar pensamientos positivos en hermosas mariposas mágicas, las Mariposas de la Paz.
En vísperas del Día de la Paz, Abuelo Paz decidió emprender un viaje especial. Con sus arrugadas manos, creó un grupo de mariposas resplandecientes, cada una representando un deseo de armonía, amistad y comprensión. Las Mariposas de la Paz esperaban ansiosas el momento de ser liberadas para esparcir su magia por todo el mundo.
La mañana del Día de la Paz, Abuelo Paz se aventuró por el pueblo con su cesto lleno de Mariposas de la Paz. Los niños, al enterarse de su misión, se unieron emocionados. Juntos, recorrieron las calles, parques y plazas, soltando las mariposas mágicas en el aire.
A medida que las Mariposas de la Paz revoloteaban por el cielo, algo maravilloso sucedía. Cada una llevaba consigo un destello de luz que tocaba los corazones de las personas que encontraban en su camino. Los colores vibrantes de las alas dejaban una estela de tranquilidad y felicidad.
En su recorrido, las Mariposas de la Paz visitaron a una anciana solitaria, a la que le regalaron la compañía de la risa y el afecto. Luego, se dirigieron a una escuela donde alentaron a los niños a comprender las diferencias y a celebrar la diversidad. Las mariposas también visitaron hogares donde las familias, inspiradas por su presencia, decidieron resolver viejas disputas y abrazarse en gestos de perdón.
Mientras las Mariposas de la Paz continuaban su vuelo, llegaron a una zona donde las tensiones entre vecinos habían persistido por años. Al liberar las mariposas en ese lugar, ocurrió un milagro: los corazones se ablandaron, las palabras de reconciliación se pronunciaron y la paz floreció en la comunidad.
Abuelo Paz, al observar la transformación que sus Mariposas de la Paz habían logrado, sintió una profunda alegría. Su viaje había recordado a todos que, a pesar de las diferencias, el deseo de paz es algo que todos comparten.
Al caer la tarde, las Mariposas de la Paz regresaron al cesto de Abuelo Paz, trayendo consigo historias de amor y entendimiento. Los habitantes de Serenidad se reunieron para agradecer al anciano sabio y compartir un abrazo colectivo. El Día de la Paz se celebró no solo con palabras, sino con acciones tangibles de bondad y compasión, gracias al mágico viaje de las Mariposas de la Paz.
Moraleja: siempre podemos encontrar gestos, acciones... que lleven a una mejor convivencia, a generar paz con las personas que tratemos, con las actividades que hagamos e incluso en los pensamientos que tengamos. No olvides tener SERENIDAD ante las decisiones que tengas realizar.
Los hijos del labrador
Los dos hijos de un labrador no hacían más que pelearse. Peleaban por cosas sin importancia, como a quién le correspondía el turno de manejar el arado, cuál era el más rápido para limpiar los surcos, quién era el mejor montando a caballo, etc.
Cada vez que peleaban dejaban de hablarse, y eran tan tercos y orgullosos que se negaban a cumplir sus deberes y con tal de demostrarse entre sí lo necesarios e imprescindibles que eran. El resultado de estas frecuentes peleas era que la hacienda se quedaba sin quien la trabajara y cuidara de ella, con el gran riesgo que esto suponía.
Para ponerle fin a esta situación, el labrador, que era un hombre inteligente y sabía que sus hijos no atendían a discursos, decidió darles una buena lección.
-Id al potrero que queda cerca del bosque, recoged todos los leños que encontréis y traedlos aquí -les ordenó.
Los muchachos obedecieron a regañadientes, y una vez en el potrero, empezaron a competir para ver quién recogía más leños, lo que dio lugar a otra pelea.
Cuando estuvieron nuevamente ante su padre, éste les dijo:
-Juntad todos los leños y amarradlos fuertemente con este haz de leña.
Los muchachos hicieron lo que su padre les pidió.
-Veamos ahora quién es el más fuerte de los dos. Tratad de partir este haz de leña.
Los hijos del labrador se dedicaron a ello con feroz empeño, poniendo los pies sobre el haz de leños y tirando con todas sus fuerzas. Por más que lo intentaron, derrotados, le declararon a su padre que esto era imposible.
Miércoles 21 de enero
La fábula del tambor viejo
En un instituto de música había un tambor muy antiguo. Sus cuerdas estaban tensas, su madera seca y endurecida, pero él se sentía orgulloso porque había marcado el ritmo de muchas generaciones.
Un día llegó un profesor nuevo con una melodía moderna y llena de energía. Les dijo a los alumnos:
—Hoy tocaremos algo completamente nuevo. Necesito instrumentos que puedan vibrar sin romperse.
El tambor viejo habló enseguida:
—¡Déjame a mí! Yo llevo años marcando el ritmo. Nada me supera.
El profesor, con cariño, aceptó la prueba.
Pero cuando empezó la melodía, el tambor viejo no pudo seguir.
La música exigía más flexibilidad, más apertura… y el tambor, rígido, terminó rajándose por un costado.
En un rincón estaba un tambor recién hecho: madera fresca, sonido limpio, cuerdas nuevas.
El profesor lo tomó y comenzó a tocar.
El tambor nuevo se adaptó al ritmo, a los cambios, a la fuerza de la música.
Su sonido llenó el aula de alegría.
El profesor sonrió y dijo:
—La música nueva necesita un instrumento que se atreva a renovarse. Lo rígido se rompe; lo flexible vibra.
Moraleja
Si quieres que algo nuevo de verdad ocurra en tu vida, no puedes quedarte en lo de siempre: necesitas un corazón que se deje transformar.
Oración final para jóvenes
Señor Jesús,
tú traes a mi vida una música nueva.
Ayúdame a no aferrarme a mis miedos ni a mis viejas costumbres.
Hazme flexible, abierto, capaz de cambiar.
Que no me rompa por resistirme,
sino que pueda vibrar contigo y dejarte renovar mi historia.
Así te lo pedimos, así sea.