Miércoles de fábula

Durante este mes de mayo vamos a escuchar Cuentos de la Virgen escritos por JAIME DE PEÑARANDA ALGAR, recrean la ternura de María. Para que Jesús pudiera contarnos tantas parábolas necesitó una Madre que le contara muchos cuentos llenos de ternura...

 

La Lira

El sol había abrasado Nazaret. Se escondía, burlón, después de escuchar las protestas y lamentos por el bochorno. María había preparado la jofaina grande, llena hasta los bordes, con tres cántaros de agua, para refrescar al Niño. Con dos copos de lana prensada, escurría gotas de agua sobre el cabello revuelto. Jesús, con sus puños redondos, restregaba sus ojos para evitar el picor. 

María pasó su mano sobre el corazón del Niño, e imitó el movimiento de los dedos cuando se hace sonar la lira. Jesús abrió de repente sus ojillos vivarachos, y se empezó a reír y a retorcerse por las cosquillas. 

—¡Uy!, ¡si mi Niño tiene una lira en el pecho! ¿No te he contado esta historia? 

«Cuando Dios creó al hombre del barro, y le sacó una costilla para que naciera la mujer, le introdujo una lira muy bien afinada. Adán se despertó, y no se dio cuenta del cambio. De repente se encontró con Eva, y empezó a cantar y a decirle piropos y cosas muy bonitas y a bailar él solo de contento.

Entonces Eva se acercó despacito, puso su oído en el corazón de Adán y le dijo: —Suena como una lira. 

—Tienes razón. Tú has sido el artista que ha introducido las yemas de los dedos entre las cuerdas, y ¡ha sonado tu música!

  Desde entonces, todos los niños y niñas nacemos con una lira dentro. Uno mismo no la puede tocar. Sólo los demás lo pueden hacer. Hay algunos que no entienden de música, y lo que hacen es romper las cuerdas. Y después es muy difícil volverla a afinar. Otros tienen una suerte enorme, porque a su alrededor siempre encuentran personas que saben sacar los mejores acordes de la lira.» 

—Mi Niño es el más afortunado, porque su lira ¡nada menos que la toca Dios!

  Jesús detuvo el movimiento de las pupilas y dijo: —...Y Mamá... también. 

El jilguero se puso a trinar.

 

Comentario

En mi interior puedo encontrar los mejores acordes, las mejores cosas de la vida. Son valores que me ha concedido Dios. Las personas que me quieren saben cómo hacerlos crecer y sacarlos a la luz. Las personas que me quieren me ayudan a sacar lo mejor de mí mismo. ¿Quienes son esas personas especiales que me ayudan a crecer por dentro? Le hablo a María de ellas.

El rosal

  Junto a la pared recalada de la sencilla casa de María, crece un rosal, que se resiste hasta en invierno a dejar de saludarnos con la alegría de sus capullos blancos. 

—Mamá, ¡qué suerte tienes! Nuestro rosal siempre tiene rosas. 

—Claro, hijo. Es que es un regalo de Dios.

Ahora que vas siendo mayor te voy a contar su historia. «Una mañana, tempranito, después de que todos los ruiseñores estrenaran la mañana con sus cantos y las flores se lavasen la cara con el rocío, me puse a hacer mi alabanza al Creador por todo lo que nos envuelve.

Aquel día se me inundaban los ojos y el corazón cuando repetía: "¡A Ti gloria y alabanza por los siglos!". 

Miré por la ventana que da al amanecer, y me pareció que el sol se empeñaba más por entrar. Volví a repetir con fuerza: "¡El sol que gobierna el día!".

  Y en aquel mismo instante me dijo:  —¡María, qué suerte tienes! Dios me manda a decirte que te quiere más que a todo lo que ha salido de sus manos.

  Me quedé tan parada, que hasta me parecía que el corazón ya no latía. 

Y seguí escuchando: —Vas a ser Madre, pero Madre de DIOS, porque quiere quedarse entre vosotros.

Me acerqué a la ventana para mirar al sol. Sentí que sus rayos me penetraban hasta las entrañas. Y cuando cerré los ojos, el sol me dijo: —¡No tengas miedo! ¡Verás cómo puedes! 

Y para recordarte que Dios es fiel a su palabra, el rosal que cuidas con tanto esmero, no dejará de echar rosas blancas ni en invierno. 

Contesté: —"AMEN". Que sea lo que Dios quiera.» 

—Mamá, ¿por eso sólo sabes decir: ¿SÍ? —Igual que los capullitos blancos.

 

Comentario

Dios me ha dado una sensibilidad para poder contemplar las cosas bellas. Dios me habla a través de la belleza, me habla con delicadeza, se acerca a mi corazón y me hace comprender lo bueno de la vida. El pone señales que me van indicando su querer. Tengo que responder con alegría y responsabilidad e ir descubriendo sus insinuaciones. Me pide una respuesta a sus llamadas, busca mi Sí, cuenta conmigo, como contó con María. Tal vez el mundo se llenará de luz gracias a mi? Ayúdame María a parecerme a ti.

La Lámpara

Jesús, ¿me acompañas a casa de la tía Sara, a ver si encuentro en la bodega un cántaro grande para preparar las aceitunas? 

—¡Con lo que a mí me gustan! 

Cruzaron dos callejones, cerrando los párpados hasta dejar una pequeña rendija para que el sol, rebotado en las paredes blancas, no les cegara. Atravesaron un patio con aperos de campo, no útiles ya para la labranza, pero siempre almacenados por un por si acaso.

  —Mamá, ¿por qué tío Joaquín guarda lo que ya no sirve? 

—Porque en Nazaret todo puede llegar a ser útil alguna vez, Es cuestión de esperar. 

Abrieron una puerta, que se resistió hasta que Jesús dio un empujón con su hombro, 

—Mamá, no veo nada. Voy por la lámpara de aceite de tía Sara 

Y volvió despacito, en esta ocasión, porque iba con una mano cuidando la llama vacilante, y con la otra enhebrando el índice en la argolla de barro de la lámpara. 

—Ahora sí que se ve un poco. 

—Jesús: un acertijo. ¿Dónde está la luz? 

—Pues en la lámpara, Mamá, ¿no lo ves? 

—¿Sffi...? María, fue dejando caer su palma suave desde la frente hasta tropezar con las pestañas de Jesús. 

—¿Ves algo?

 —¿Cómo voy a ver si me tapas los ojos? 

—Pero, ¡la lámpara sigue encendida! 

En ese momento retiró la mano de los párpados. Jesús abrió sus ojos grandes, admirados, como buscando una respuesta que no le venía a su imaginación. 

—Entonces, ¿dónde está la luz, en la lámpara o en tus ojos? Mira, Jesús, la luz siempre está en la mirada de las personas. Los hay con una luz muy brillante, porque ven hasta los rincones más oscuros de los demás; y allí llevan su luz. Porque la luz refleja siempre en lo blanco; lo negro se la come. Los que tienen unos ojos llenos de luz son los que saben descubrir lo bello que nos rodea y lo mucho bueno que hay en cada uno de los que nos cruzamos. Hay algunos que tienen los ojos muy abiertos, pero están ciegos, porque todo lo ven oscuro, malo; no encuentran nada en la vida, porque les falta luz.

  —¿Y Bartimeo, el ciego, no volverá a ver más? 

—Sí, Jesús, porque la luz de los ojos sale de la lámpara del corazón. Bartimeo tiene mucha reserva de aceite dentro. Sólo necesita prender la mecha. El día en que no se burlen de él, ¡iluminará! 

—Mamá, yo ¿cómo tengo los ojos? María acercó su mirada hasta cruzar sus pestañas con las de su Hijo.

—¡Cada vez más abiertos, Hijo! Y al fondo descubro una gran antorcha. 

—¡Es para verte mejor!

 

Comentario

La luz está en ti, en tu interior, en tu corazón. Y eres tú quien la debes hacer brillar, hacer que prenda y alumbre a los que te rodean. Dice el principito “sólo se ve bien con el corazón”. Por eso le pido hoy a María que como ella sea capaz de descubrir lo bueno de la vida, lo bueno que tiene el otro, valorarlo y dar gracias porque entre todos podemos ver las cosas y las circunstancias de la vida con mirada nueva. ¿Procuro ver lo positivo de todo lo que me ocurre?

El Nardo

Mamá, ¡qué bien huele este campo!

—Son los nardos los que despiden este olor.

  —¿Y qué flores son, Mamá? 

—Mira, aquella blanca que parece como una espiga y que nace junto a la piedra.

Jesús se despegó de la sombra de su madre y en una carrera se acercó a la flor. La miró, apoyó la rodilla en el suelo y sus dedos tiraron del tallo, hasta arrancarla. Con cara de misterio exhaló el aroma profundamente, mientras sus párpados dibujaban una mueca de satisfacción. 

—Mamá, ¿si la guardo en un tarro con agua llenará de su olor toda la casa? 

  —Claro. Llévatela y verás como todo va a oler a nardo. ¿No te he contado lo que le pasó al barro del arroyo del Alfarero? 

—Esa historia no me la sé. 

«Hace muchos años había en Nazaret un alfarero llamado Dan recorría los campos en busca de buena arcilla para moldear sus cántaros. Un día, cansado, se sentó junto al arroyo para beber un poco de agua. Pisó la hierba y descubrió que debajo estaba la arcilla que buscaba. Llenó las espuertas de su asno y se fue al taller. Con ilusión tomó la primera pella de barro y comenzó, con manos de artista y corazón de madre, a moldear el primer cántaro. De pronto, se detuvo. Lo que estaba amasando olía a nardo, en lugar de a moho. 

Se puso a hablar con el barro, como con un hijo. —¿Por qué hueles tan bien? El barro huele a humedad de podredumbre.

  —Querido artesano. ¡Yo he tenido la suerte de vivir junto a los nardos!» 

—Mamá, ¿el olor se pega? 

—Sí, Hijo; está en el aire, penetra en nuestro pecho, y nos entran ganas de ser como el olor que hemos sentido. 

—Y las personas, ¿también huelen? 

—Sí. Notamos que han pasado por allí, porque han dejado su olor. Pero para eso hay que tener muy buen olfato. 

—Pues, tú, Mamá, hueles mejor que el nardo, porque enseguida todos notan por dónde has pasado. 

Con las dos manos sujetó las sienes de Jesús. Acercó su nariz a los cabellos lacios y respiró con fuerza para que se oyera la exhalación. 

—Y mi Hijo, ¿a qué huele?

Comentario:

Qué bueno es que allí por donde pase deje una buena huella. El nardo, huele muy bien, enseguida se reconoce su presencia. Cuando María y Jesús están presentes se nota en el ambiente. Hay paz, ternura, entrega, ayuda… 

María, quiero ser como tú y dejar un buen rastro allí por donde pase. Quiero ser para los demás el buen olor que perfume el ambiente, que todos se encuentren alegres y contentos a mi lado. Quiero ser una buena presencia para los demás. María ¿me ayudas?